Un tierno sueño familiar… ¿deseado?

Hoy de nuevo estoy vivo. De nuevo te levanto, vida, sobre mis hombros. (De la Oda a la Vida de Neruda)   Hace un par de noches tuve un sueño de lo más singular, inconscientemente deseado por mucho tiempo. Estaba sentado en el portal de mi casa, bajo una palmera abstraído en mis cosas, disfrutando […]

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Hoy de nuevo estoy vivo.

De nuevo

te levanto,

vida,

sobre mis hombros.

(De la Oda a la Vida de Neruda)

 

Hace un par de noches tuve un sueño de lo más singular, inconscientemente deseado por mucho tiempo. Estaba sentado en el portal de mi casa, bajo una palmera abstraído en mis cosas, disfrutando de la soledad y el silencio. Debía ser sobre la una de la madrugada. Hacía una noche suave y deliciosa. No llegaba a través del aire sonido humano alguno, sólo la brisa del trópico.

De repente, se empezó a oír un susurro, como de pies arrastrándose por el caminito del parque frente a la casa. Tras el susurro, aparecieron unas sombras que, poco a poco, …resultaron ser unos esqueletos. No tenían un aspecto tétrico, sino más bien de cansancio y hastío.

Iban pasando en fila india frente a mí, sin reparar en mi presencia. Algunos tenían caras antiguas, como las de aquellos jóvenes de la guerra civil española. Otros parecían más de los años sesenta o setenta. Pero también algunas caras y el porte de algunos cadáveres podían ser de gente del S. XIX, o más lejos todavía.

No tenían piel, aunque a algunos aún les colgaban unos hilos finísimos que debieron haber sido cabellos tiempo ha. Sin embargo, transmitían una especie de vida, tal vez del tiempo que habían vivido hacía ya mucho tiempo.

Vestían orgullosamente sus mortajas, algunas de ellas con sus ramos de flores fúnebres como si fueran el de una novia, otros cargaban sus ataúdes bajo el brazo, y más de uno hasta la lápida.

Se trataba de muertos vivientes. Pero no eran zombis. Nada de houngans, bokors o hechiceros vudú. Muertos normales, como los de nuestra familia, o los que algún día todos seremos. Pura clase media y anónima del más allá.

Y hablando de familia: de repente, vi uno que llevaba sus botines de charol intactos, botines de los años 30 -de los años 30 de nuestro añorado siglo XX-, y bajo el brazo acarreaba un lienzo que me resultaba familiar. ¡Sí! ¡Claro! Era un cuadro de la serie de paisajes de la montaña de San Llorenc de Munt que había pintado el tío Salvador. ¡Y los botines! Los botines correspondían a la precisa y fiel descripción que siempre había hecho mi bisabuela: lo habían fusilado los de la FAI (Federación Anarquista Ibérica) y lo habían dejado tirado en una fosa común durante el delirio de la guerra civil española. Y por los botines fue que mi bisabuela, quinceañera del siglo XIX que cumplía 51 el día que lo asesinaron, lo había reconocido entre los cadáveres de la fosa.

– ¡Tiet Salvador! – le grité sin pensar.

Se detuvo, y con los huecos donde alguna vez estuvieron los ojos por los que veía y pintaba el mundo, me inquirió: ¿quién eres tú?

-Enrique, Enrique Torrella Raymond. Un descendiente tuyo, bisnieto de la abuelita mayor, Antonia Segura, nieto de Josep Raymond, casado con Josefina Bara. A ella la alcanzaste a conocer.

-Caramba, ¿y qué haces tú por aquí? -preguntó con voz clara.

-Perdona…no te molestes, pero me parece que esta pregunta me corresponde a mí -tal vez le parecí insolente, pero la verdad, lo normal era mi circunstancia, no la suya.

-Es cierto, deja que me explique: el viejo Cementeri Nou de Terrassa ya no es lo que era. Durante décadas fue un cementerio formal, como debe de ser en estos menesteres: barrios bien delimitados según familias, patrimonio y clase social. Y los descendientes eran gente seria que lo cuidaban y lo mantenían limpio y acogedor -en este punto me acordé de la cuota anual que nos tocaba pagar por el panteón de la familia y las discusiones que ello había generado-. Pero todo esto ha cambiado –continuó-. Debido a un fenómeno paranormal que llaman burbuja inmobiliaria, hipotecaron el terreno y ahora el jardín de paz se lo ha quedado un banco comercial con un nombre muy extraño: bebeuvea. Suena a algo como: beba o vea. Se parece más al lema de un local de costumbres licenciosas que al nombre de una sociedad de crédito. En fin, que ya nadie cuida el cementerio, ni las tumbas, ni los nichos, ni nada. Es más: han llegado unas máquinas de colores llamativos y han instalado unos carteles que anuncian la apertura de un edificio muy extraño llamado “Centro comercial: el tiempo aquí vivido, ¡tú mejor inversión en felicidad!”

Nosotros, los muertos, estamos hartos de tanto desbarajuste. Y una noche, uno de esos que me acribillaron, convocó una asamblea para decidir qué hacíamos. Y por unanimidad, decidimos abandonar el asediado cementerio.

-Pero, ¿cómo habéis llegado hasta aquí?

-Vinimos caminando por el mar. Ha sido largo el viaje. Las olas hacían mover nuestros huesos, que rechinaban entre la espuma, pero ha sido más sencillo de lo que pensaba.

– ¿Y por qué hasta tan lejos?

-Durante los últimos años los inviernos han sido largos y hemos pasado mucho frio. Un indiano que habitaba un panteón muy ostentoso sugirió venir a América, donde según él el clima era mejor, había mucha riqueza y mucho terreno, y los muertos eran tratados con más cariño, y más respetados.

La conversación con aquel esqueleto era totalmente natural, como si lo hubiese tratado desde siempre.

De repente caí en cuenta que, si allí estaba el tío Salvador, seguramente mi padre, mis abuelas, mis abuelos, estarían entre la muchedumbre de huesos y podría saludarlos y preguntarles qué tal las cosas por el más allá.

Inmediatamente indagué:

– ¿Viene contigo mi padre, Antonio Torrella Blasi? – pregunté ansioso por contarle los éxitos del Barca de Guardiola justo el año que murió.

-Lo siento, en vida no lo conocí. ¿En qué año falleció?

– ¿Y en la muerte? ¿En el cementerio? –quise aclarar.

Me contó que entre los muertos rige una ley muy estricta por la cual hasta que no llevas 30 años muerto, no puedes unirte a los demás. Recordé los privilegios de la veteranía en el servicio militar. Me costó imaginarme a mi padre como un recluta en el pelotón de los muertos.

– ¿Y la abuelita mayor? Antonia, tu hermana, mi bisabuela ¿está contigo? -estaba realmente entusiasmado por la oportunidad de verla de nuevo. Tenía hermosos recuerdos de ella cuando me pellizcaba el moflete y me decía “perleta meva”, o cuando antes de ir a la escuela me perfumaba la cabeza con litros de “Agua de Colonia Concentrada Álvarez Gómez” y luego, en la clase, todos los niños y hasta la profesora me decían que olía raro.

-Ay la Antonia, siempre ha sido muy suya. Fui a buscarla antes de abandonar el cementerio, como el día en que más tarde me vinieron a buscar y me fusilaron, y me dijo: “la última vez que me viniste a buscar ya ves como acabaste, y además me han dicho que vais a ir por el mar, y viene un “grop”. Ni hablar. ¡Aquí me quedo, com Terrassa no hi ha rés! Así le decía a mi marido cuando vivíamos en París durante la belle epoque y te lo digo a ti ahora: com Terrassa no hi ha rés!”.

Me gustaría poder dar un toque Poe a esta historia, y poder hablar del “desdichado espectro, de la sonrisa amable pero estremecedora, …” y bla bla; pero la verdad, el tío Salvador, con sus botines y el lienzo bajo el brazo, parecía la mar de normal y tranquilo. Eso sí, algo cansado por el viaje e indignado por cómo había acabado lo del cementerio. Me sentí aludido y atacado cuando dijo lo de “nuestros descendientes están viviendo suntuosamente con nuestro dinero, y mientras, nosotros, hemos de librar una dura batalla para conservar unidos el cráneo y el resto de los huesos. Nos toca sujetar la columna con un cordón o un hilo, fijarla con alambre o restos de hierro oxidado de alguna operación que tuvimos al cuello y la calavera…” Pero la verdad, desafortunadamente para mí, ni vivía yo de su dinero ni tenía una vida suntuosa. Aquí estaba en América, esquivando la crisis inmobiliaria española.

Para evitar que la cosa pasara a mayores -las recriminaciones de un muerto son cosa seria- me separé de él disculpándome por un momento y me dediqué a entablar conversación con otros muertos. Y todos hablaban de lo mismo: panteones abandonados con goteras, nichos llenos de ratas, tumbas en muy mal estado…cuando llovía se mojaban y se aceleraba el deterioro. Estaban realmente molestos con la decadencia de su lugar de reposo.

Conocí a un joven muerto -menos de 30 años de residencia en el cementerio- que había sido yonqui en vida y gracias a su mal aspecto había logrado colarse entre los veteranos para hacer las Américas -me lo confesó en un descuido, pues me preguntó qué tal había ido la perestroika de Gorbachov. Según me contó, fue Quimet el Roig, que, por cierto, era el de la FAI que había matado a mi tío en el 36, y que había “vivido” en la clandestinidad del cementerio dirigiendo una cédula secreta anarcosindicalista, el que se rebeló cuando lo de las obras del centro comercial. La revolución la llevaba no sólo en las venas, sino también en los huesos. Una noche organizó una asamblea libertaria donde dio un sonoro discurso evocando “el verano de la anarquía del 36” y llamando a la revolución proclamando su anticlericalismo en lo religioso, su cantonalismo y horizontalismo en lo administrativo, su racionalismo en la educación, etc. ¡y alentando la quema de hipogeos burgueses y la colectivización de tumbas y panteones! Su discurso fue tan convincente y motivador, que inmediatamente después empezó el levantamiento de las losas y apertura a patadas de los mausoleos con una furia no vista en muchos años. Los esqueletos de los barrios acomodados del cementerio se asustaron tanto que salieron corriendo en desbandada hacia los árboles…pero acabaron tropezando con las grúas de la inmobiliaria y los carteles de “Centro comercial: el tiempo aquí vivido, ¡tú mejor inversión en felicidad!”

Mientras unos gritaban “¡Tierra y Libertad!”, los otros trataban subirse a las grúas para huir de los revolucionarios. El contraste entre la solemnidad de los colores mortuorios y el amarillo de las grúas debió ser digno de una pintura de Dalí.

Nadie sabía a ciencia cierta cómo es que al final terminaron por ponerse de acuerdo en ir a hacer las Américas los revolucionarios y los asustados burgueses.

Entre los que se habían subido a las grúas estaba mi tatarabuelo Enrique Torrella Romboux. Con él también tuve la oportunidad de departir durante un rato esa noche mágica y extraña. Mi tocayo -al que reconocí por el cuadro del salón de casa de mis abuelos-, resultó ser un hombre de un temperamento ácido, acorde con la severidad con la que miraba desde el lienzo, y sin duda digno del gran lema de los Torrella: “Cada dia anem més enredera”. Me explicó que el día que llegó al cementerio y le pusieron la lápida encima, se echó a dormir un largo sueño, embargado por la deliciosa sensación de haberse librado para siempre de las preocupaciones, el pesar, la angustia, la duda, el miedo, para siempre jamás…hasta que se percató que la “vida en muerte” era también bastante agitada.

Me reveló que en las relaciones sociales entre los muertos pesaba bastante lo que había pasado en vida -hasta se daban venganzas y cosas así entre cadáveres-; que personas que habían sido adineradas o de gran belleza se iban paseando con la misma arrogancia que mostraban en su etapa anterior al cementerio. Pero claro, ni disfrutaban ya de sus riquezas más allá del tamaño y los adornos del panteón, ni la que era guapa podía presumir de curvas…de modo que más de un criado se reía de su antiguo señor y más de un pretendiente despreciaba a su amor platónico.

Según él, disfrutaban mucho los finados de leer sus inscripciones en las lápidas, y distinguía entre las bíblicas y las familiares. Las declamaba con mucha sorna:

“Si me amáis no me lloréis, buscadme en el reino de los cielos” y él añadía: allí están, tropezando con las grúas.

“Que Dios los tenga en su Gloria” y remarcaba con no poco rencor: y allí habitan, en tumbas con goteras.

Con las inscripciones familiares también sacaba su bilis:

“Inolvidable la huella que dejaste en nuestros corazones” y sarcásticamente cerraba con: más que en los corazones, la huella la dejaron en la cartera vista la reacción ante la lectura del testamento.

“Tus esposo, hijos y familia no te olvidan” y decía: nunca volvieron al cementerio, ni muertos.

Lástima que en nuestra época no existía la incineración llegó a afirmar. Nos hubiéramos ahorrado mucho teatro de piedra.

Definitivamente mi tatarabuelo, aquel señor serio del cuadro de mi infancia, no destilaba mucha alegría. Ni de vivir ni de estar muerto. Sentí que guardaba cierto rencor hacia los vivos. Sin embargo, no era el único, ya que este rencor lo percibí en casi todos los muertos con los que hablé; tal vez se deba a la reacción de los vivos de “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”.

Empecé a sentirme incómodo entre tanto muerto, así que busqué de nuevo a mi tío Salvador para despedirme. Estuve tentado de pedirle un selfie, pero al notar el desprecio con el que fulminó mis chancletas azules “crocs” -era evidente que al comprarlas con sus botines rojos se había deteriorado ostensiblemente el linaje- opté por abstenerme.

Los muertos iban desfilando como en una procesión de semana santa. Me percaté de que algunos no parecían de Terrassa, y pregunté al respecto. El tío Salvador me aclaró que no todos venían del otro lado del charco, ya que en el camino de Terrassa al Trópico una tempestad en el mar Caribe les hizo perder el rumbo. Anduvieron vagando por el mar hasta que unos muertos muy extraños se les aproximaron. Era un grupo numeroso de antillanos, franceses, gringos… que debido a un gran terremoto también buscaban un nuevo lugar. Gracias a ellos pudieron llegar al istmo.

– ¿Y hasta dónde pensáis llegar? –inquirí.

Continuaremos hasta que encontremos un sitio respetable, aunque tengamos que llegar a la Amazonía. Jamás volveremos al cementerio triste, frio y viejo de Terrassa.

Finalmente, y viendo que mi tío se rezagaba, no pude dejar de hacerle la gran pregunta:

– ¿Qué hay después de la muerte?

-Nada de descanso, mucho agite

– ¿Y aquello de la lucecita al final del túnel? ¿y dios?

-Lo seguimos buscando…tal vez en la selva…

 

 

 

 

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